31/7/12


La castidad no observada.



Han ocurrido hechos lamentables en la Iglesia Católica a nivel mundial y nacional; se trata de los lamentables abusos de orden sexual a niños por parte de sacerdotes, casos repudiables que han sido sacados a la luz pública por los medios de comunicación.

Es conocido que el comportamiento de la iglesia en el transcurso de su existencia ha adolecido de períodos oscuros; teñidos por la lujuria y la codicia de sus ministros, contradiciendo su más sagrado e íntimo mandato. 

Es sabido también que una institución integrada por hombres tiene usualmente este tipo de falencias que desgraciadamente en el caso de la iglesia católica por la característica moral que ella debe portar, provoca gran repulsión en todos los fieles.

Por otra parte hay que entender que desgraciadamente se tiende a generalizar este tipo de conducta, haciéndola extensiva a todo el clero, presentándola al seglar como si todos ellos estuvieran en esa misma pecaminosa disposición.

 “Así se olvida que el 0,3 por ciento de los sacerdotes ha cometido el delito-pecado de la pederastia; es decir, 997 de cada 1000 no lo han cometido, mientras que el 2 por ciento de los hombres casados ha cometido el mismo delito-pecado lo cual supone una proporción siete veces superior. (Fuente: Padre Santiago Martín del canal EWTN).

Hay que considerar que la gran mayoría de los sacerdotes son personas correctas y profundamente comprometidas con su fe, ofreciendo su castidad, sin llegar a caer en los placeres de la carne. Situación que fue elegida libremente por amor a Dios. 

Así pues, preocupado de este gran descrédito que aflige a la Iglesia en estos tiempos y leyendo el Mercurio de Santiago -15May2011- encontré, en la pequeña columna “Día a Día” de B.B. Cooper, lo que me parece el mejor retrato del verdadero cura; del cura que claramente reconozco. 


El cura de mi parroquia

Tía Waverly me pidió que escribiera esta columna. Es la primera vez que me pautea, pero adujo razones que me parecieron aceptables. Así que aquí vamos.

El cura de mi parroquia viste de cura. Ora cada mañana y también por las tardes. Dice su misa como si fuese la última con total concentración y fervor. Sigue al pie de la letra las rúbricas, con filial mansedumbre. 

Enseña lo que manda la Iglesia y no doctrinas propias. Hace acción de gracias y tiene una nutrida vida de piedad (aparte ser devoto de la Virgen): rosario, lecturas, el breviario por cierto. Y confiesa en el confesonario.

Es afable en su trato, guardando las distancias. Nunca se le ha visto solo con una mujer y las saluda de la mano. Vive la cercanía con la dignidad de su investidura y no con la confianzudez. Estudia, lee y asiste a retiros espirituales. 

Semanalmente dedica un día entero a los pobres y otro a los enfermos. El resto se lo consume en catequesis, preparación para los sacramentos, administración de los mismos, dirección espiritual y horas de gobierno parroquial. 

Come frugalmente y casi no bebe. No duerme siesta. Se acuesta temprano, se levanta lo mismo y practica deportes. No vive solo sino con el vicario parroquial. Y se debe por entero a sus feligreses, que lo quieren y respetan. Confían en él pues es sacerdote ciento por ciento y, además, lo parece. Sólo les habla las cosas de Dios; en las demás no se mete – dice-, pues es cura y, encima son opinables.

B.B. Cooper



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